¿Podemos reinventar el espacio a través del acto escénico? (1eras reflexiones)

“Pensé en un mundo sin memoria, sin tiempo; consideré a posibilidad de un lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales o de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió con lentitud poderosa.” Jorge Luis Borges

No es ninguna novedad que la literatura nos inspire movimiento de la misma forma en que el movimiento ha preservado la longevidad de la literatura. “Algo se nos mueve al leer” decimos al estremecernos en silencio desde el audaz estoicismo de la página, de las páginas, de las lecturas interminables que nos alcanzarán una y otra vez sin poder anticiparles el paso: la literatura es un depredador que nos mueve y nos mata para reanimarnos.

No es ninguna novedad que la música nos inspire movimiento de la misma forma en que el movimiento ha preservado su indescifrable genealogía. Es verdad que si perspicaces, podremos reconocer los rasgos del blues en el rock, su nostalgia en el jazz, o la ansiosa búsqueda primitiva de la música electrónica entre todos sus elocuentes dispositivos: pero el indescifrable misterio que diferencia a un compás de otro, a una secuencia de compases de otra, escapa toda perspicacia: la música va más allá de su literatura, métrica, e instrumentación: dos canciones nunca son iguales, y el mismo destino divergente terminará por separar dos guitarras, tambores, guitarristas, e incluso, espacios de tiempo: como si las canciones cambiaran a nuestro ritmo. Es decir, como la literatura, la música nos alcanza una y otra vez sin poder anticiparle el paso: ¿bailar pudiera ser entonces, otra forma de leer?

No es ninguna novedad que el espacio nos inunde con una especie de marea geométrica que poco a poco vamos deformando con recuerdos, metáforas, y experiencias. Pero no se destruye, no se cae el techo por la contención de nuestros llantos ni se afilan las paredes, ni se congelan las camas o los rincones, ¿no?, no, somos nosotros los que nos destruimos y reinventamos entre nuestros espacios deformes que los otros nunca podrán apreciar. ¿Nosotros? No, eres tú el que deforma su realidad despacio. ¿Yo, y cómo lo sabes? Porque te acabas de sentar en un cubo de hielo sin siquiera chistar. El espacio pareciera de pronto un mar imaginario donde flotan nuestras ficciones, la realidad, pues basta ver un muro derrumbarse para saber que ahí algo (o alguien) ha muerto. La realidad es también producto de la imaginación.

Y esto motiva esta investigación: más que algún abismo o contradicción particular, el ser: su tiempo, espacio y la curiosidad de su movimiento en un mundo que nos recibe siempre con un no: don’t do this, don’t do that. Cat Stevens nos lo recuerda con una frase genial: “From the moment I could talk, I was ordered to listen…”

Así que la pregunta no es si podemos o no bailar o musicalizar el espacio que recreamos al adaptarnos, de eso no cabe duda, la música popular es un muy buen referente de nuestra necesidad de la música y el baile para sublimar nuestras emociones, recuerdos y pasiones, sino, ¿de qué otras formas podemos explorar eso a través de la creación escénica?

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