Los zapatos de Jackson Parker

Luna ladera
desciende
así,
de otro modo
despiertan las olas
veredas
así,
imaginarias montañas de hielo
revientan
—no lo saben—
lo que tocan

Lo supe desde la primera función: no limpiaría los zapatos de Jackson Parker durante la temporada de Country. Si vieron la obra, recordarán que entre la sangre y la arena, era imposible preservar esta paradójica pulcritud —es decir, la suciedad acumulada función tras función— con el resto del vestuario en otra prenda que no fueran los zapatos o la boina. Trataré de contextualizar mis razones, con suerte, no será un capricho.

Foto de Hache Herani
Foto de Hache Herani. Temporada de Country. Querétaro 2015.

No hay dos personas que caminen igual. Tampoco hay dos pasos que sean idénticos aunque la misma persona los camine. Jackson Parker y yo somos y no personas distintas. No pretendo explicar los detalles de nuestras diferencias como si los entendiera; tampoco me refugio en la indulgencia de —pretender— haberme encontrado a mí mismo en él y con fingida empatía —fingir— ser dos mismos que si así, pues ninguno.

Los zapatos de Jackson Parker son cómodos, un par de mocasines cafés con un ancha suela que me permite correr. Jackson Parker no hubiera podido correr sin mí, y aunque no de la misma forma, yo no hubiera podido correr sin Jackson Parker; es decir, sin sus cómodos zapatos ensuciándose —para preservar su pulcritud—. Pensar que he atribuido tanto poder sobre mi trabajo a unos zapatos ajenos me asusta; pensar que dichos zapatos son la brújula que nos encuentra, a ratos, me llegó a asustar más: ¿y si se rompen o se pierden, y si me empiezan a lastimar? Pensándolo bien, los zapatos de Jackson Parker no son tan cómodos como parecen ni tienen la suela tan ancha.

Finos hilos de sangre seca cubierta de granos de arena evocan nuestras carreras en escena, porque eso son: carreras que corremos juntos. La boina es más discreta: el Stage Manager así como te estremece se desvanece, y yo no podría soportar ver lo que ve él todo el tiempo y Jackson Parker tampoco pudo. Aún así, ambos nos seguiremos poniendo la boina cuando sea necesario. Insisto: es nuestra carrera, la de Jackson, el Stage Manager y la mía.

Foto de Hache Herani. Temporada de Country. Querétaro, 2015.
Foto de Hache Herani. Temporada de Country. Querétaro, 2015.

El desierto de El Mirage es portable: así como se extiende por el foro se palea y se guarda. Es pesado pero moldeable. Por nuestra parte, la dinámica es distinta: los tres tenemos que estar dispuestos a desaparecer por momentos, a recordarnos con más fuerza, a dejarnos ensuciar por algo más que la sangre, la arena, o el sudor al correr. En comparación, somos mucho más ligeros y no es necesario llevarnos en carretillas, o convocar a varios miembros de la producción para arrastrarnos hasta algún discreto rincón del foro. Sin embargo, nos resistimos —instintivamente según siento— a ser moldeables como si fuésemos igual o más pesados que la arena; como si fuésemos finos hilos de sangre seca pegados en los zapatos de alguien más, secretos diminutos del desierto de alguien invisible que no queremos que se guarde ni que se limpie.

Quizás es eso lo que me asusta realmente: no poder desaparecer por completo: escuchar a Jackson Parker hablar antes —durante— o después de función; mirar al Stage Manager decir sus líneas como una montaña que lo mira todo desgajándose poco a poco, ante los ojos de nadie, y sin poder dejar de ser montaña nunca. Me asusta querer ser montaña y me asusta no serlo, Jackson Parker lo sabe. Las montañas se recuerdan o se inventan, da lo mismo, el caso es que al bajar de la cima lo mismo no vuelve a serlo jamás.

Al bajar, una parte de esa montaña baja con nosotros —otra parte de nosotros se queda mirando diminutos paisajes—, no desaparecen las huellas y los hilos, invisibles, no dejan de sentirse. A ratos la vista parece estática, entonces vuelve la comezón.

Quizás limpiar o no limpiar los zapatos no sea sino un fetiche, como el desierto pegado a las manos ensangrentadas de Jackson Parker. Quizás el Stage Manager no ha bajado de esa montaña imaginaria que se erige sobre Grover’s Corner —y se recuerda erguida sobre El Mirage de Country—. Y quizás, con suerte, yo sea y no ése que dicen que soy.

El puerto está en otra parte.
Foto de Hache Herani. Temporada de Country. Querétaro 2015.
Foto de Hache Herani. Temporada de Country. Querétaro 2015.
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