Teatro, ¿para qué?

Por Fabián Verdín

Agradezco, de antemano,  a aquella persona que ha decidido comenzar a leer  para saciar la curiosidad que puede emanar del título de esta columna. Por ello y por el debido respeto que usted me merece, quisiera aclarar que de ninguna manera pretendo dar respuesta a la pregunta que planteo. Ni siquiera me siento en condiciones de esbozar una. Más bien quisiera que este espacio sirva para poner sobre la mesa temas que me cuestiono constantemente desde tres perspectivas, mismas desde las que abordo el teatro: la actuación, la docencia y la dirección. Esto con el genuino interés de propiciar un intercambio de ideas que puedan o no darnos luz sobre algunos temas que rondan en mi mente como creador. Así que le invito a sentirse libre de opinar, refutar, negar, cuestionar, compartir  o comentar todo aquello que aquí lea.

A lo largo de 13 años he tenido la oportunidad de probar distintas posturas, técnicas, maneras, estilos, manufacturas, tipos de teatro. He hecho teatro comercial, comedias ligeras, teatro clásico, en verso, para niños, de títeres, de marionetas, con máscaras, corporal, de investigación, de laboratorio, lecturas dramatizadas, radioteatro,  teatro convencional. Y, como muchxs de mis compañerxs he sido parte de proyectos a los que me han invitado y que atienden a inquietudes ajenas pero también he tenido el gran privilegio de participar e incluso haber echado a andar proyectos que parten de una inquietud personal.

Es así que el camino en este arte me ha llevado de la actuación a la docencia y a la dirección escénica.

Foto de: Retnial Aushead (2012)
“Barbie girls” de Mario Cantú Toscano, dirigida por Fabián Verdín. Foto de: Retnial Aushead (2012)

Vamos por partes. Al igual que muchxs teatrerxs, comencé mi carrera escénica como actor. Mi primer encuentro fue con el teatro comercial, la comedia ligera cuya única pretensión era entretener. Por supuesto que en aquel tiempo estaba lejos de cuestionarme qué hacía en escena, simplemente respondía a un impulso interior que me pedía hacerlo. Incluso decidí priorizar mis tiempos de ensayo y función por encima de mis responsabilidades académicas (estudiaba la preparatoria entonces) y familiares. Mi experiencia fue muy grata, por primera vez encontré un lugar en el que me sentía pleno y con la posibilidad de ser yo. Fue esta experiencia la que me llevó a tomar la decisión de estudiar teatro en la universidad. Así llegué a la facultad de bellas artes de la Universidad Autónoma de Querétaro para estudiar primero la desaparecida carrera de Técnico Superior en Actuación y después la Licenciatura en Artes Escénicas. Considero que una carrera universitaria no “te hace” actor, simplemente te ofrece la gran oportunidad de ahorrar tiempo en formación (en el entendido de que facilita obtener un panorama general y la posibilidad de explorar tus herramientas expresivas a nivel vocal, físico, intelectual y emocional en poco tiempo). Quiero decir que los resultados obtenidos pueden lograrse siendo autodidacta aunque seguramente tomará más tiempo. La licenciatura sentó en mí bases teóricas y técnicas más o menos sólidas de las cuales partir para continuar mi formación. También reconozco que la estructura académica se finca en el logro de resultados y que mi andar en la universidad, si bien me permitió conocer mis fortalezas y mis áreas de oportunidad, al final respondía a alcanzar las metas fijadas por cada unx de mis maestrxs. En este sentido puedo decir que la experiencia de cuatro años me dejó el aprendizaje de ciertas técnicas, estilos, metodologías de trabajo pero también un cúmulo de dudas en torno a la creación. Es decir, me formó como ejecutante pero no como creador. A esta etapa me enfrenté cuando era ya un egresado.

Foto de: Retnial Aushead (2012)
“Barbie girls” de Mario Cantú Toscano, dirigida por Fabián Verdín. Foto de: Retnial Aushead (2012)

El trabajo con directorxs distintos, con formas y visiones diversas poco a poco fue generando retos como qué herramientas utilizar para abordar un personaje, de qué aprendizaje echar mano para resolver tal o cual escena, cómo hacer para que el discurso del dramaturgo y el del director se reflejaran en mi trabajo y, con suerte, permitir que algo de aquello que yo quería decir se mostrara en la escena. Durante mi etapa universitaria y los dos primeros años como egresado mi acercamiento al teatro fue a través de textos ya escritos, usualmente desde contextos lejanos al mío que, si bien se vinculaban con mi entorno, decía poco o de manera muy general aquello que me inquietaba. Fue justo al salir de la licenciatura que la Dra. Pamela Jiménez Draguicevic me permitió asistir sus clases de voz e interpretación y me dio la gran oportunidad de asistirle algunos montajes. La experiencia de observar el proceso de lxs estudiantes me permitió reflejarme en ellxs y hacerme más preguntas:

¿de qué manera la técnica se aprende?, ¿cómo hacer para que no sólo se aprenda si no se aprehenda?, ¿cuál es el proceso mediante el cual el/ la alumnx hace suya la herramienta?, ¿a qué responde esta necesidad?

"El último viaje de Jacinto" de Carlos Casas, director Fabián Verdín. Foto de: Sabine Fourrey
“El último viaje de Jacinto” de Carlos Casas, director Fabián Verdín. Foto de: Sabine Fourrey

La claridad en la metodología de enseñanza de la Dra. me permitió hacer consciente mi necesidad de compartir mis experiencias y cuestionamientos en el aula. Fue así que en el año 2012 (4 años después de haber egresado) se me presentó la oportunidad de impartir dos materias en la licenciatura: principios eutónicos para alumnxs de primer año y montaje vocal para alumnxs de cuarto año. La primera tiene que ver con procesos vocales, corporales y energéticos introductorios: presencia escénica, encuentro tonal, bases técnicas del uso de la voz y la expresión corporal para actores/ actrices; la segunda era una materia optativa en la cual tuve la libertad de plantear el programa.

"El último viaje de Jacinto" de Carlos Casas, director Fabián Verdín. Foto de: Sabine Fourrey
“El último viaje de Jacinto” de Carlos Casas, director Fabián Verdín. Foto de: Sabine Fourrey

En ese momento decidí dar rienda suelta a mi inquietud. Así que elaboré un programa basado en la premisa de habilitar un espacio en el que lxs alumnxs tuvieran la oportunidad de poner en práctica los conocimientos obtenidos en 3 años de carrera en el afán de validarlos o negarlos. Un espacio para la exploración y la experimentación en el que se cuestionaran si aquello que creían “reglas” básicas del teatro eran congruentes con su idea del mismo. Fue entonces que pude darme cuenta de que hay una pregunta que puede dar luz en este laberinto, a veces sórdido, que es la creación: teatro, ¿para qué? Me di cuenta de que era una pregunta que tenía tiempo rondando mi cabeza y que, al hacer un análisis retrospectivo, había tenido diferentes respuestas a lo largo de mi trayectoria. Noté que durante mucho tiempo sólo respondía a la inquietudes/ necesidades de otrxs, usualmente del/ la director (a) y que al final encontraba la manera de que esa inquietud se vinculara con una propia. Me pregunté por qué nadie me había llevado a cuestionarme esto antes y me di cuenta de que es algo tan obvio que se vuelve invisible.

Decidí entonces sembrar esa duda en mis alumnxs.

"Polvo de hadas" de Luis Santillán, dirigida por Fabián Verdín (2015)
“Polvo de hadas” de Luis Santillán, dirigida por Fabián Verdín (2015). Foto de: Lars Uribe

Después de un proceso de un año con ellxs pude concluir que no hay teatro bueno ni malo (que no bien o mal hecho), que todas las posibilidades y posturas son válidas, que el problema está en la falta de congruencia, en la escisión de aquello que me mueve a hacer teatro con el teatro que hago. Esto se traduce en pretensión. En pretender que hago un teatro que no estoy haciendo y entonces anular las propuestas distintas a las mías. En asegurar que el teatro que hago es el que vale y el otro no. En ese sentido puedo decir que la oferta teatral en Querétaro es vasta y diversa y que hay teatro para todos los gustos, mucho de él bien hecho sin importar el tipo o estilo. Pero considero que es una constante el hacer teatro por hacerlo, sin un fin más allá que llenar la necesidad de estar en escena pero entonces, ¿en dónde queda el discurso?, si es el teatro un medio de comunicación por excelencia, ¿qué estoy comunicando? Y ¿cómo lo estoy haciendo?

Fueron estas preguntas las que me llevaron a decidir probar la dirección escénica en un intento de darles respuesta situado desde otro punto.  Ahora tenía que elegir un texto que se relacionara con aquello que me interesaba decir y que, a su vez, hablara de mi contexto.

Decidí  que quería hacer teatro que cuestionara temas, problemáticas presentes en mi cotidiano y poner mi perspectiva en él.

"Polvo de hadas" de Luis Santillán, dirigida por Fabián Verdín (2015). Foto de: Lars Uribe
“Polvo de hadas” de Luis Santillán, dirigida por Fabián Verdín (2015). Foto de: Lars Uribe

Mis primeros montajes fueron con textos ya escritos: “Barbie Girls” de Mario Cantú Toscano, “El último viaje de Jacinto” de Carlos Casas, “Antígona” de Jean Anouilh y “Polvo de hadas” de Luis Santillán. Gratas experiencias que han dejado un gran aprendizaje y han marcado mi vida. Sin embargo, este viaje me abrió nuevas preguntas:

¿Es el modelo de producción teatral por todxs conocido el único?, ¿Hay otras maneras de hacer teatro?, ¿Cómo establecer un proceso que no tenga una organización jerárquica en la que el director es la figura más alta y lxs intérpretes la base de la pirámide?,

¿Son los actores y actrices medios para lograr dar cauce al discurso del director desprendido del del dramaturgo o cómo pueden volverse también creadores que aporten al todo en la escena?,

¿Es necesario un texto dramático para hacer teatro? y, por supuesto ¿Cómo se vinculan estas preguntas con mis necesidades creativas? Es decir, teatro ¿para qué?

"Polvo de hadas" de Luis Santillán, dirigida por Fabián Verdín (2015). Foto de: Lars Uribe
“Polvo de hadas” de Luis Santillán, dirigida por Fabián Verdín (2015). Foto de: Lars Uribe
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