Comenzar un laboratorio escénico, ¿para qué?

Por Fabián Verdín

En la entrega anterior, concluía mi columna lanzando algunas preguntas que surgieron de años de experiencia en el teatro. Esas mismas preguntas han sido motor de búsqueda en los más recientes años de mi andar por este camino. Como escribía anteriormente, los obstáculos, limitantes y retos a los que me he enfrentado propician una reflexión constante en torno a mi quehacer en la escena. Asimismo pude hacer conciencia de la falta de espacios en mi formación universitaria para reflexionar sobre el tema con la intención de llegar a conclusiones propias y no con la de ser persuadido por el discurso ya elaborado de algún(a) docente. Reconozco que esta es una constante en la educación de este país, pero ya dedicaré espacio para reflexionar sobre ello; por ahora quisiera continuar sobre la línea trazada para ahondar respecto a la última de aquellas preguntas: teatro, ¿para qué?

El año pasado decidí comenzar un laboratorio escénico para reflexionar sobre el concepto de la culpa,  PROYECTO C es como se titula. La idea era facilitar un espacio de exploración escénica en el que se pusieran en juego las herramientas técnicas y de creación adquiridas por cada unx de los integrantes, con el objetivo de construir un discurso a partir de un tema que nos atañe a todxs como seres humanos. El proceso fue sumamente enriquecedor, me permitió adentrarme en la creación de un discurso que fuera la suma de todxs lxs que integraban el equipo. El arrojo y la confianza de cada unx respecto al proceso nos permitió generar un equipo sólido en el que el entendimiento y la comunicación en escena eran evidentes, se formó una suerte de cofradía desde la que era posible vulnerarse en búsqueda de la honestidad en escena. Tuve también la oportunidad de participar este año, con el mismo proyecto, en una plataforma de compartición y reflexión de procesos creativos en la que participamos ochos creadorxs escénicos queretanos que sesionábamos una vez al mes: PROCESOS ACOMPAÑADOS. La experiencia en ambos procesos fue enriquecedora en muchos sentidos. La posibilidad de establecer un proceso creativo en el que lxs participantes en escena fueran, más que intérpretes, creadorxs abrió un sinfín de posibilidades de abordar la misma; por otro lado, compartir mes con mes la experiencia con otrxs creadorxs con lxs que en ocasiones coincidía en otras divergía y otras tantas me identificaba, supuso un ejercicio de reflexión y autocrítica que pocas veces realizamos como creadorxs y que, reconozco, absolutamente necesario en un proceso. Y es este uno de los puntos que me interesa abordar en este escrito.

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Como mencioné en la columna anterior, identifico un hueco en la formación profesional de “artistas” ya que el énfasis está puesto en la ejecución y no en la creación. Lo sé de cierto y por experiencia propia en la formación ofertada en esta ciudad pero también he podido compartir con otrxs egresadxs de carreras de arte (de distintas disciplinas) de otras ciudades del país que refieren el mismo panorama. A partir de experiencias previas, diseñé una metodología de trabajo que apliqué en el proceso de PROYECTO C en la que la apuesta estaba en una estructura horizontal en la que la figura del director, visto usualmente como guía único y absoluto, se diluyera para formar parte de un equipo de creadorxs cuya labor es más bien propiciar la creación a partir de juegos, premisas, referentes, estímulos. Asimismo, me alejé de la idea de la necesidad vital de un texto dramático o poético que sirviera de estructura base. Aposté entonces por experiencias personales, recuerdos, memorias, conflictos detonados a partir de ejercicios que buscaban romper las resistencias de cada unx de lxs creadorxs para llevarlxs a un estado en el cual fuera más fácil abrir “la caja de Pandora”.

Después el reto era acomodar las piezas, discernir entre el material que funciona y el que no (parte especialmente difícil, ya que la honestidad con la que cada unx de ellxs trabajaron era merecedora de ser compartida) y estructurar la pieza.

Me enfrenté entonces al “mar de posibilidades” y a la inminente necesidad de tomar decisiones. Y así lo hice. Tuvimos la oportunidad de mostrar un par de veces la propuesta y recibimos comentarios muy interesantes.

Sin embargo, había algo que me impedía sentirme satisfecho con el papel que desempeñé en este proceso, una sensación de inconformidad.  

Meses más tarde, en el marco del Festival de la Joven Dramaturgia, tuve la oportunidad de ser parte de un taller de dirección coordinado por Rodolfo Obregón. Fue muy gratificante ver que había llegado a conclusiones y a dudas a las que muchxs creadorxs en otras latitudes habían llegado pero, sobre todo, el taller me sirvió para organizar mis ideas y comenzar a pulir mi propuesta metodológica. Me permitió reafirmar la visión que tengo en este momento del teatro, de sus alcances y de su papel en la sociedad.

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Pude entender que los modelos convencionales de producción teatral, muy socorridos en esta ciudad (Querétaro, Mx), replican y perpetran un modelo capitalista en el que el actor/ la actriz  no son más que obrerxs del proceso creativo del/ la director (a) y el administrativo del/ la productor (a).

Me permitió darme cuenta de que creo en un teatro que comunique, que cuestione (no que dé respuestas), que conmueva y se conecte con el espectador a partir de la honestidad. Creo en un teatro que responda a las problemáticas de su contexto, que no aleje a su espectador a partir de la ficción, sino que sea esta y su mezcla con la realidad un vehículo para la reflexión y, con suerte, para el cambio. Creo en procesos creativos, en el/ la creador(a) escénicx más que en el actor/ actriz o ejecutante. Creo en procesos que no repliquen modelos de producción si no que generen espacios creativos que permitan profundizar sobre temas que nos atañen. Creo en procesos que fomenten las crisis porque reconozco que sólo a partir de ellas podemos hacer observables nuestras carencias. Creo en procesos que, con texto o sin él, supongan una experiencia que cruce la vida de lxs creadorxs en todos los sentidos. Creo que hay un número infinito de posibilidades, formas, estilos, modos manufacturas para lograrlo. Y creo que la única manera de lograrlo es preguntándonos, de manera muy personal, íntima y honesta, teatro, ¿para qué?

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Por esto es que me parece necesario, esencial, vital, que todx estudiante de alguna disciplina artística se preocupe por procurarse espacios, procesos de reflexión en los que pueda poner en tela de juicio todo lo aprendido en la academia, en los que pueda cuestionar las “certezas” a las que generaciones anteriores han llegado, en los que pueda retarse en la búsqueda de una postura que le ayude a tener una visión de su realidad y su contexto, en los que incida en su entorno porque me parece que es esa la labor del arte: propiciar espacios de comunión en los que nos reconozcamos como parte de un grupo en el que no puedo estar ni ser sin el/ la otrx.

El teatro, es un medio de comunicación, de los más antiguos conocidos por el ser humano, de manera que su fin es comunicar y no podemos perder esto de vista. Tampoco podemos depositar nuestra responsabilidad con nostrxs mismxs en las instituciones educativas, si bien su labor es proveer de entornos y espacios que propicien el aprendizaje, la postura de él/ la que se queja sin accionar es sumamente cómoda e igual de mediocre que la de las instituciones. Quiero decir que todx aquel que sienta la necesidad imperante de dedicar su vida a la creación por medio del arte tendría que pasar por un acto de toma de conciencia que le lleve a darse cuenta de las responsabilidades que está a punto de asumir en la sociedad pero, sobre todo, consigo mismx. Creo que propiciar este tipo de procesos y mostrarlos al público pueden gestionar este cambio. No será fácil pero es un inicio. Considero también que es necesario que se propicien este tipo de experiencias dentro de las instituciones educativas en equilibrio con el aprendizaje de la técnica, de otra manera, se están produciendo obreros del arte.

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Por último y para cerrar esta reflexión, me resulta necesario agradecer a las personas que me acompañaron en los procesos aquí descritos y que, sin duda, me ayudaron a construir la concepción que hoy tengo del teatro. Ambar Luna, Niyura Delgado, MaFer Monroy, Gaby Guido, Karla Álvarez, Daniel Álvarez Gorozpe, Jean Paul Carstensen gracias por cuestionarme, por compartirse, por acompañarme. Aldo Rocha, Rommina Reynoso, Mariana Millán, Vero Haro y Gato, mil gracias por arrojarse al vacío y por confiar.

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