¿Los artistas y educadores en artes podemos incidir en un fenómeno tan complejo como el del envejecimiento?

Por Erick García Sánchez

“Los días y las noches

están entretejidos de memoria y de miedo.

De miedo que es un modo de la esperanza.

De memoria, nombre que damos a las grietas

del obstinado olvido…”

Jorge Luis Borges

Existen varias razones por las que es importante hablar de envejecimiento y calidad de vida en la tercera edad. En primer lugar, porque dadas las transformaciones demográficas se vuelve un campo de reflexión cada vez más necesario y pertinente. Por otro lado, y aunque observamos una tendencia general al incremento en la esperanza de vida, existe también una ideología que apremia la novedad, dejando de lado lo viejo que con frecuencia se asocia con lo “aburrido”, lo “innecesario”, lo “pasado de moda” o lo “feo”.

¿Desde dónde podemos hablar de envejecimiento en una sociedad donde los valores del “eterno presente” han sustituido a la memoria histórica? Esta pregunta, aunque pareciera ajena, nos remite a un interés fundamental de la educación y las artes: la lucha por la dignidad humana. Pero, ¿Los artistas y educadores en artes podemos incidir en un fenómeno tan complejo como el del envejecimiento? En mi perspectiva, considero que sí, más aún,  podemos adquirir un papel central en atención al problema.

Sabemos que el proceso de envejecer es singular y colectivo. En él, interactúan variables individuales como la personalidad, la historia de vida y la condición social, con aspectos colectivos como la cultura, la ideología y las instituciones; de ahí que cada pueblo en cada época ha configurado una visión particular de lo que significa envejecer. En la actualidad, se habla cada vez más de un “envejecimiento saludable” y de un “proyecto de envejecimiento”, no se trata de otra cosa, sino de generar los mecanismos psíquicos y sociales que permitan a las personas transitar hacia una vejez en plenitud, tarea nada sencilla, dado que la plenitud y la calidad de vida se relacionan con la satisfacción de las necesidades a nivel material, psicosocial y espiritual (Zarebsky, 2011).

Pero es justo en estos aspectos donde adquieren relevancia las artes, y particularmente la danza para generar este envejecimiento exitoso o saludable. A continuación, haré una breve revisión de los retos psicosociales durante la tercera edad, para posteriormente analizar cómo la danza puede favorecer el desarrollo humano durante este periodo del ciclo de vida.

Fotografía cortesía de
Fotografía cortesía de “Ballet Folklórico Con la Juventud al Revés” Adultos y adultos mayores, Dirección Jesús Ortíz CDMX.

Desarrollo psicosocial durante la tercera edad

Para el psicólogo Erik Erikson (1950), el desarrollo humano es una secuencia de etapas en la que las personas nos enfrentamos a crisis marcadas por una tendencia positiva y una negativa, profundamente influenciadas por el entorno social. Este autor define la tercera edad por la contradicción entre “la integridad del yo, frente a la desesperanza”.

Durante este periodo, las personas se enfrentan a un replanteamiento de su vida: el cuerpo cambia, las relaciones familiares se ven marcadas por la salida de los hijos del hogar paterno y la aparición de nuevos integrantes de la familia como nueras, yernos y nietos, se da la jubilación y se vive la pérdida de seres queridos, por ejemplo la viudez. Todo esto enfrenta a las personas a la necesidad de replantear su vida, su presente, su pasado y su futuro. Erikson ofrece dos posibilidades, la primera es la “desesperanza”,  que significa rendirse ante la desesperación de no poder resolver la relación con nuestro pasado y no poder darle un nuevo sentido a la vida; la segunda, que conduciría a un envejecimiento óptimo, es la “integridad del yo”, que quiere decir en términos generales, aceptar sin grandes arrepentimientos la vida que a uno le tocó y vivirla en plenitud (Papalia 2005).

Hacia al año 2000, el investigador George Vaillant se preguntó cuáles eran los aspectos que contribuían a la salud mental en la vejez para alcanzar un estado de integridad del yo. Con ese objetivo, desarrolló un estudio prospectivo con personas nacidas alrededor de 1920, quienes habían participado en un estudio previo en 1970. Los resultados indicaron que las personas con un envejecimiento saludable tenían las siguientes características:

  • Ingresos altos
  • Satisfacción matrimonial.
  • Sentido del humor.
  • Altruismo.
  • No se desanimaban con facilidad.
  • Planeaban su futuro.
  • Sublimación (tendencia a convertir los temores psicológicos en aspectos bellos o productivos.
  • Realizaban actividad física.
  • Mantenían el contacto social.
  • En general tenían una actitud de disfrute de la vida.

Si bien estos resultados nos refieren a diversos aspectos de la vida de los ancianos, como la economía, los servicios de salud o las relaciones humanas, que se relacionan con procesos sociales de tipo institucional, los últimos cuatro factores (sublimación, actividad física, contacto social y disfrute de la vida) hacen referencia a procesos que están plenamente presentes en el ejercicio de las artes, sobre todo en la danza. Esta reflexión pone de relieve el papel que puede adquirir la danza como una herramienta para el desarrollo humano de los ancianos y para alcanzar un envejecimiento exitoso. A continuación exploraremos con mayor amplitud estas ideas.

Danza en la tercera edad:

Tradicionalmente, en las danzas indígenas y populares, las cuadrillas, cofradías, comparsas o grupos están compuestos por personas de todas las edades, con frecuencia es un anciano o anciana quien funge como custodio de la danza, confiriéndole la responsabilidad de guardarla y preservarla, enseñándola a los más jóvenes. En estos espacios ocurre un fenómeno de gran relevancia: los ancianos conservan un papel preponderante dentro de la comunidad, al mismo tiempo que se construyen espacios para la transmisión transgeneracional no solo de la danza, sino de valores, conocimientos e ideas, es decir, de toda una cosmovisión. Esto le da sentido al proceso de envejecer, toda vez que el papel de ancianos y ancianas está revestido de una función en la socialización de saberes, e inmerso en la convivencia con otros.

Fotografía cortesía de
Fotografía cortesía de “Ballet Folklórico Con la Juventud al Revés” Adultos y adultos mayores, Dirección Jesús Ortíz CDMX.

Sin embargo, la danza puede adquirir también este valor en los contextos urbanos. Quizá una de las creencias con las que debemos romper es con la idea de que la danza es exclusiva para jóvenes con cuerpos atléticos y que su valor está dado únicamente por la perfección técnica o la precisión en la ejecución. La danza tiene valor en tanto experiencia estética y también como espacio privilegiado para comunicar y “tocar” a otros. Todas y todos, sin importar la edad, somos susceptibles de emitir o recibir el mensaje profundamente humano que la danza contiene.

¿En dónde se nos escapa la retroalimentación educativa en la formación dancística profesional?

Las personas de la tercera edad que se acercan a la danza tienen la oportunidad de disfrutar de una actividad altamente gratificante que impacta positivamente en diversos ámbitos de la vida. Es responsabilidad de los maestros y educadores en danza, y de los directores de grupos y compañías configurar espacios que permitan a este grupo de población acceder de manera amable y digna a la ejecución y aprendizaje de cualquier género dancístico.

La danza es un quehacer biopsicosocial, es decir se relaciona con los ámbitos físico, psicológico y social de las personas, y su práctica sistemática impacta en estos tres niveles. Diversos estudios han reconocido la importancia de la actividad física durante la vejez. Papalia (2005) afirma que la práctica regular de una actividad física como la danza puede tener efectos positivos para el corazón, pulmones, articulaciones y músculos de las personas de la tercera edad. Enfermedades como la hipertensión, las cardiopatías, la diabetes, la osteoporosis y la artritis pueden reducirse mediante la actividad física sistemática. La danza permite a los ancianos y ancianas mantener, e incluso recuperar, capacidades físicas como la velocidad, la fortaleza, el vigor, la resistencia, la flexibilidad y mejorar funciones básicas como la respiración y la circulación.

En este sentido hay que destacar un punto fundamental: es responsabilidad de los maestros y maestras de danza generar programas de actividad y entrenamiento físico para la danza acordes a las necesidades y características de este grupo de personas. Por ello, el conocimiento kinesiológico y de la metodología del entrenamiento debe ser un eje central para cualquier maestro o director de danza, pero particularmente en el caso de aquellos que atienden a poblaciones de la tercera edad, dado que se trata de una población susceptible a lesiones u otros efectos físicos adversos cuando no se atiende con el cuidado necesario y también por el hecho de que un adecuado programa de entrenamiento físico tiene efectos favorables en la ejecución.

Fotografía cortesía de
Fotografía cortesía de “Ballet Folklórico Con la Juventud al Revés” Adultos y adultos mayores, Dirección Jesús Ortíz CDMX.

La práctica sistemática de la danza, mejora el estado de alerta y promueve el uso y mantenimiento de procesos cognoscitivos como la memoria, la atención, y el razonamiento, así como funciones de procesamiento espacio-temporal. Diversos estudios han demostrado como las personas de la tercera edad que realizan actividades que requieren manejo de información, procesamiento de la misma y uso de habilidades básicas del pensamiento (como es el caso de la danza) muestran mejorías en sus estados cognoscitivos y son menos proclives a padecer enfermedades como el Alzheimer. Esta flexibilidad mental que puede desarrollarse mediante la práctica de la danza, tiene además, efectos importantes sobre la personalidad, pues promueve una mayor flexibilidad ante los cambios, romper con rutinas, innovar, autocuestionarse y probar nuevas formas de afrontar situaciones de la vida, factores todos, relacionados con el envejecer saludable (Zarebski, 2011).

En este sentido, la danza también ayuda a liberar el estrés que pueden experimentar los ancianos, al mismo tiempo que incrementa el sentido de autocompetencia (la percepción subjetiva de ser apto para afrontar situaciones conflictivas), la autocrítica y tiene un importante papel en el trabajo emocional y la elaboración de los duelos, necesario en la vida de las personas de la tercera edad. La práctica de la danza propicia que las personas se planteen nuevas metas y retos, así como la generación de nuevas herramientas para explorar y expresar las emociones, todo esto conduce a desarrollar un sentido de vida e incrementa la calidad de la misma. Para Hernández (2011), durante la tercera edad es central que las personas redescubran en el aquí y el ahora recursos y aptitudes que ya olvidaron que tenían, o bien, que aprendan nuevos comportamientos que les permitan expandir su yo, cambiar y crecer, por supuesto que la danza puede ser un espacio privilegiado para este fin.

Aunado a esto, la danza tiene efectos importantes en la interacción social durante la tercera edad. Diversos autores han señalado la relevancia del contacto social, resaltando su efecto positivo en la salud física y emocional de ancianos y ancianas, e incluso para prolongar y mejorar su calidad de vida (Lansford, 1998). Sin embargo, con frecuencia el contacto social disminuye con la edad, debido a factores como la jubilación, la  muerte de personas cercanas, o el aislamiento debido a condiciones de salud y dificultades prácticas, por ello es muy importante el brindar espacios para que las personas de la tercera edad interactúen y fortalezcan lazos de empatía y solidaridad, de igual forma, con la edad las necesidades emocionales adquieren prioridad sobre las metas de largo alcance, por ello en la vejez se vuelve indispensable contar con una red social de apoyo para enfrentar los retos de esta etapa del ciclo vital.

Al practicar danza, los ancianos y ancianas participan de un grupo y establecen nuevas relaciones en un contexto positivo, constructivo y con frecuencia, altamente gratificante. La apreciación y ejecución de la danza les brinda la posibilidad de aprender a aprender, o mejor dicho, ¡aprender a seguir aprendiendo!, de ocupar nuevos roles (no solo ser abuelos, padres o esposos, sino ser también, alumnos, bailarines, compañeros, etcétera), y de relacionarse de nuevas maneras. Hacer o ver danza, conduce a las personas de la tercera edad a un replanteamiento en el estilo y sentido de la vida.

A manera de conclusión quisiera mencionar dos aspectos que considero relevantes. Existen muchos caminos para incluir y acercar la danza a los ancianos y ancianas, no solo mediante la práctica de la misma: además de bailar, las personas de la tercera edad pueden ver y apreciar danza, participar en la creación del discurso que subyace a una coreografía, participar en la producción de la misma, etcétera, hay muchas maneras de integrar a los adultos mayores en el proceso de construcción de la danza, solo es necesario abrir la mente y dejar de lado creencias que limitan y empobrecen nuestra visión del envejecimiento.

En segundo lugar, considero que esta reflexión nos deja una gran responsabilidad: la de construir espacios de, y para la danza, apropiados, críticos y humanos que permitan integrar con compromiso y dignamente a los adultos mayores. Esa es una tarea para educadores en artes, coreógrafos, maestros de danza y responsables de la gestión cultural. No olvidemos que si tenemos suerte, ese es un camino que algún día, también tendremos que andar.

Erick García Sánchez es psicólogo por la UNAM, Fes Iztacala. Diplomado en terapia familiar y terapeuta floral del sistema Bach. Docente en educación media superior. Actualmente estudiante la Licenciatura en Educación Dancística con orientación en Danza Folclórica por la Escuela Nacional de Danza Nellie y Gloria Campobello del INBA, disciplina que practica desde hace más de diez años en diversas agrupaciones. Profesor de danza con énfasis en el trabajo con adultos y adultos mayores e interesado en la relación entre artes, educación y desarrollo humano.

FB: Erick Tlatoani

Referencias bibliográficas:

Papalia, D., Wendkos, S. y Duskin, R. (2005). Desarrollo Humano. México: McGraw Hill.

Zarebski, G. (2011). Campo de la psicogerontología: vulnerabilidad emocional, factores de riesgo psíquico y resiliencia. México: Editorial Pax.

Hernández, Z. (2011). La Gestalt: una alternativa para el trabajo psicoterapéutico grupal con adultos mayores. México: Editorial Pax.

Lansford J., Sherman A., y Antonucci T. (1998). Satisfaction with social networks: An examination of socioemotional selectivity theory across cohorts. Psychology and Aging.  No.13 pp. 544–552.

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