Catapulta 2016, una transformación silenciosa (II/II)

Por @dalgorozpe

¿Ya leíste la primera parte de esta crónica?

Creo en el mundo como en un malquerer porque lo veo. Mas no pienso en él porque pensar es no comprender nada…

Alberto Caeiro

Ventanas-preguntas, ¿detonadoras?

Escribí un primer -y único- comentario editorial al respecto: Luces intermitentes.

Tenía clara mi intención de propiciar reflexiones a partir de lo que iba sucediendo durante el encuentro. Sin embargo, el cómo se va construyendo en presente, no antes. De modo que se propusieron cuatro preguntas, una por día:

Cada pregunta se compartía al inicio de las actividades en la fecha correspondiente. Se hacía la invitación a participar -no necesariamente había que responder- y al final se tomaba la foto como registro. Acompañar talleres, asesorías y conversaciones de Catapulta 2016 con esta dinámica buscaba también generar indicadores -simbólicos y concretos- de algo que me inquieta particularmente durante los encuentros artísticos: la reflexión compartida.

Mejor dicho, ¿hasta qué punto nos es posible como artistas, reflexionar en voz alta y en grupo?

Por supuesto que cuatro preguntas detonadoras no están ni cerca de argumentar una conclusión. Pero, ¿reflexionar es concluir?

En un primer comentario editorial llamé a estas preguntas: “Ventanas” como otra pista: si reflexionar puede ser concluir, no es lo que ahora nos ocupa, sino la posibilidad de que dichos diálogos -en conjunto con los talleres, las asesorías y los cafés- nos vayan revelando las miradas desde donde reconocemos nuestro trabajo, el de otros y el contexto donde interactuamos como artistas escénicos con inquietudes diversas, que viven en ciudades distintas y se juntan durante algunos días para compartir y aprender. Quizás sea precipitado hablar de marcos, pero siento que los encuentros artísticos son espacios propicios para esbozarlos colectivamente y decir, ¿y si abrimos una ventana aquí donde dice “disciplina, cuerpo o empatía”, qué pasará? Si tenemos suerte y somos precisos -exactos, diría Hemingway-, no se abrirá una sino varias ventanas. Dicho de otro modo, reflexionar es una habilidad para mirar y orientarnos que vamos desarrollando a través del encuentro con otros.

En otras palabras, la intención es visibilizar inquietudes comunes, abrir huecos en lo que creemos fijo o cerrado de nuestras convicciones, posturas y modos de abordar la escena.

Reflexionar en voz alta y en grupo es una manera de referirnos al ejercicio de abrir nuestros procesos de trabajo; al desarrollo de una habilidad de pensamiento-acción para contribuir, entre otras cosas, a la desmitificación del trabajo artístico dogmático, que se hace en soledad y a puerta cerrada.

Reflexionar es una habilidad para mirar y orientarnos que vamos desarrollando a través del encuentro con otros. En esta ocasión, las diversas actividades fueron apuntando hacia un esfuerzo compartido por identificar inquietudes comunes, abrir huecos en lo que creemos fijo o cerrado de nuestras convicciones temáticas, técnicas y estéticas, todo con el desafío de materializar transformaciones en cada obra para las funciones finales.

Abrazo entre dos residentes Catapulta al final de la función. Foto de Fernanda Vilares.
Abrazo entre dos residentes Catapulta al final de la función. Foto de Fernanda Vilares.

Asesorías

Cada asesor se enfocó en una obra durante todo el encuentro. Pero a dicho acuerdo se sumaron un par de reuniones del equipo de asesores para intercambiar observaciones y sugerencias respecto a todas las obras.

  • La obra INSANAMENTE CUERDO fue asesorada por Itzhel Razo.
  • La obra COLUDOS O RABONES fue asesorada por Natasha Barhedia.
  • La obra SOLEDAD EN 3 ACTOS fue asesorada por Víctor Manuel Ruiz
  • La obra AGUJAS NEGRAS fue asesorada por Isabel Aguerrebere
  • La obra KAXAN (BUSCADOR/ES) fue asesorada por Beto Pérez

Antes de las presentaciones finales tuvimos la oportunidad de ver las obras y de algún modo, atestiguar cómo las asesorías las iban transformando. Y aunque cada asesor tiene su estilo y cada obra su búsqueda, había puntos en común. Por ejemplo:

  • El cuestionamiento constante sobre motivaciones y movimientos de la obra: ¿por qué esta secuencia o este elemento?, ¿de dónde viene tal imagen?
  • La necesidad de aterrizar todos estos diálogos entre asesores y artistas antes de las funciones de cierre.

Oyentes, artistas y asesores tuvimos la oportunidad de comentar fortalezas, confusiones e interpretaciones de las obras abiertamente. Es decir, aunque se destinaba un tiempo específico cada día para las asesorías y cada obra trabajaba por separado con su asesor, todos pudimos retroalimentar los procesos de uno u otro modo.  

Catapulta buscó, mediante talleres, asesorías y espacios de reflexión, abrir el diálogo.

Dado que las motivaciones de esta crónica son otras, aquí dejaremos el enfoque reflexivo de dichas preguntas-ventanas. Sin embargo es importante mencionarlo porque, parafraseando a Alberto Caeiro: somos del tamaño de lo que vemos. Y seguir creyendo que reflexionar el trabajo artístico no es imprescindible para nuestro quehacer, que pensar -y hablarlo- no es hacer, me parece una elocuente paradoja del alcance de muchos proyectos artísticos actuales. Siempre hay excepciones.

Las funciones finales

Fueron dos funciones en la ciudad de Pachuca, Hidalgo:

  • Sábado 10 de diciembre en el Teatro de la Ciudad de San Francisco.
  • Domingo 11 de diciembre en la Plaza El Reloj. (Ésta me inspiró para narrar “El silencio de los chicharrones”)

A diferencia de la preinauguración, las fronteras se habían desdibujado. Aunque se presentarían las cinco obras, el programa ya no era el mismo. Y no lo digo solamente por la experiencia de las asesorías y las conversaciones, sino por la complicidad que se fue articulando entre todos los participantes de Catapulta compartiendo desayunos, fotos, trayectos o cafés durante el encuentro. Vuelvo a la metáfora de las cosquillas: sin complicidad no hay humor y sin humor, ¿qué seriedad?  

Improvisación final durante la función del sábado en el Teatro de la Ciudad de San Francisco. Foto de Brenga Jáuregui.
Improvisación final durante la función del sábado en el Teatro de la Ciudad de San Francisco. Foto de Brenga Jáuregui.

Sin embargo, la nostalgia. Pues todos sabíamos que las funciones representaban también una contradicción: el final de Catapulta 2016 y la continuidad de cada una de las obras seleccionadas por su cuenta. Insisto en la contradicción con algo que dijo varias veces Liliana Sánchez, quien presentó SOLEDAD EN 3 ACTOS junto con Inés Durán y Edurne Noguera: muy pocas veces se puede trabajar solamente en tus obras, sin tener que malabarear el tiempo entre otros trabajos y agendas que apenas empatan. Hay que aprovechar. Y aunque no lo dijo exactamente así, todos agradecíamos de algún modo otro elemento atípico en el proceso creativo: el compromiso y la retroalimentación de artistas externos.

Las funciones fueron de entrada libre, el sábado en un teatro y el domingo en una plaza pública.

Los oyentes vimos las obras como 4 ó 5 veces antes de las funciones finales y no puedo decir que haya sido suficiente para mí. Me explico, que una persona vea una obra de teatro o danza más de una vez es poco probable. Las razones podrán ser diversas, pero a modo de contexto, pensemos en la influencia del cine como forma de entretenimiento. Donde vas a una sala y pagas un boleto para ver una producción terminada que será la misma en todas las salas en todos los horarios. Y aquí emerge una diferencia respecto a la escena que aunque obvia, suele pasarse por alto a los ojos del espectador, una función no vuelve a repetirse.

A diferencia de una película, una obra de teatro o danza empieza -recomienza- con la función, sucede en tiempo real y no en retrospectiva como las películas. Un concierto quizás podría también sumarse a esta condición efímera de repetir trazos y textos y sonidos para lograr y no que cada función se parezca a la anterior. Esto tampoco significa que ver todas las funciones -poco probable a veces incluso para el director/a- sea la única forma de apreciar toda la obra. De pronto hay veces en que la obra se manifiesta en breves instantes, un gesto sutil e inequívoco a los ojos de quien mira. Es decir, que la obra puede manifestarse en diversos gestos ante ojos que nunca vuelven a ser los mismos, aunque se repitan función tras función.

Cuando digo que ver tantas veces la cinco obras seleccionadas no fue reiterativo quiero también enfatizar la emoción de poder ser testigo de su transformación a través de las asesorías, los talleres y la convivencia entre todos los participantes de Catapulta 2016. Quiero denotar el sentido de pertenencia que se puede generar entre un grupo heterogéneo de artistas, entre obras que no buscan lo mismo o entre personas que decidimos participar de uno u otro modo en proyectos artísticos que no son ni serán nuestros. Y lo hicimos con ideas, miradas o preguntas que respondían a un espectro inabarcable de modos e intereses, pero con una convicción tácita que me parece, olvidamos fácilmente entre el ajetreo cotidiano o las becas: crear es asociar, no imponerse. Al menos, en términos prácticos.

Catapulta es un encuentro que inició en 2013 y desde entonces no ha dejado de buscar ciudades -cada año cambia de sede-, artistas y experiencias -este año fue la primera vez que hubo asesorías y oyentes-. Esta crónica es sólo una mirada que se comparte con la idea de mezclarse entre esa curiosidad y ambición por dar con personas inquietas y compartir procesos creativos inesperadamente.

Tras terminar la función del domingo en la plaza El Reloj, no teníamos otra opción y empezamos a despedirnos acompasadamente. Terminaron los agradecimientos generales pero el círculo ya no se disolvió. Tras los abrazos y agradecimientos particulares, sentí que otro encuentro artístico iniciaba. Ya de vuelta en la carretera, toqué otra puerta, a ver quién me abre.

Cerrando Catapulta 2016 en la plaza El Reloj. Foto de Fernanda Vilares.
Cerrando Catapulta 2016 en la plaza El Reloj. Foto de Fernanda Vilares.
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