La Capilla Sixtina en Querétaro y otras supersticiones

El pasado domingo, en la sobremesa me preguntaron si asistiré a la capilla sixtina en querétaro y respondí con rotundo no. Argumenté mis razones entre tragos de carajillos: “Visto así tienes razón” me dijo un amigo que ya fue, “ya lo sé” respondí entre líneas. Y como la conversación siguió su curso, pedimos otra ronda de cervezas para seguirle el paso. Nos despedimos. Sin embargo me quedé pensando en la conversación, en la ligereza con la que preferimos ver este tipo de actos institucionales culturales para cumplir -lo que eso signifique para cada uno de nosotros- y salir del paso. No hay tiempo de tomarnos estas cosas así tan en serio.  

A continuación trataré de compartir mis argumentos. No porque crea que algo o alguien me hará cambiar de parecer -hecho con poca o nula probabilidad de suceder en prácticamente cualquier conversación-, sino porque nuestra sobremesa de domingo me puso a pensar en la especulación: lo obvio no es necesariamente lo evidente y tantas otras cosas que olvidamos con más facilidad de la que advertimos.

Tampoco soy nadie para juzgar a los asistentes ni es algo que me interese. Pero no pude pasar por alto los hechos recientes: al parecer, empresas e instituciones saben mejor que nosotros mismos lo que nos falta en materia de acceso al arte y la cultura. Y no puedo sino desconfiar de sus motivos cuando, por ejemplo, el obispo y el gobernador de Querétaro inauguran la réplica de “La Capilla Sixtina” en la ciudad y no algún artista, académico o curador.

Aclaro que tampoco quiero atacar la fe católica, ni el trabajo de todas las personas involucradas en la producción de dicha réplica. Simplemente denotar un prejuicio institucional recurrente en materia de arte y cultura: el de pretender “llevar cultura” como se extienden tuberías a donde el agua o el drenaje se necesitan y no llegan. Mismo que si se combina con el sesgo religioso en las instituciones públicas, la precariedad laboral de los artistas y el oportunismo burocrático y ciudadano de los eventos masivos gratuitos como sacramentos -seculares- de canonización cultural, puede a su vez, revelarnos matices de nuestra arraigada desigualdad social o supersticiones respecto al arte: adorarlo me hace por añadidura, digno de pleitesía.

Dicho de otro modo, mientras sigamos viendo el acceso a la cultura como una especie de pasaporte hacia la superioridad moral o la justificación inobjetable del gasto público (que siempre prioriza la cantidad sobre la calidad en sus argumentos), seguiremos varados en la misma necedad: el arte y la cultura son espectáculos aislados o tubos mágicos que sacian la sed o drenan mi red de distribución porque lo digo yo.  

Es decir, lo que critico a continuación no es la obra, ni la réplica en sí -no tengo las credenciales ni la información para hacerlo- sino la superstición consensuada (autoridades y ciudadanos) de que el acceso a la cultura puede ser una especie de app con cargo al erario público que me hace mejor persona o funcionario.

¿Por qué no asistiré a la capilla sixtina en querétaro?  

Como artista independiente residiendo en la ciudad de Querétaro, esta capilla sixtina me genera sobretodo, preguntas respecto a lo que las instituciones públicas locales -aunque no exclusivamente por supuesto- entienden por acceso al arte y la cultura. Entre otras cosas, porque sus decisiones impactan circunstancialmente en el modo en que muchas personas se acercan (o no) a mi trabajo. Por ejemplo:

  • Si la entrada es gratuita a eventos artísticos y culturales institucionales, ¿a cuántas personas no les parecerá innecesario cuando no excesivo pagar un boleto para ver una función de teatro o danza? Dicho de otro modo: ¿cómo no es la entrada gratuita un gesto proselitista que pone en desventaja a las producciones locales que no cuentan con algún apoyo institucional?
  • Si el apoyo institucional mediante becas, concursos o presencia de autoridades puede equivaler a legitimidad artística ante la opinión pública y la inauguración de esta capilla contó con la presencia -y las palabras- de autoridades políticas, religiosas, y la ausencia de representantes de la comunidad artística y la academia, ¿qué podemos deducir respecto a la objetividad institucional en relación a proyectos artísticos subvencionados con recursos públicos?

Es decir, los intereses políticos y particulares de instituciones, políticos y ciudadanos influyen en el modo en que nos acercamos (o no) a una propuesta artística o cultural. Lo cual no representa un problema en sí. De hecho la diversidad de criterios podría ayudarnos a propiciar un ambiente más rico en propuestas artísticas donde una no cancela necesariamente a la otra, sino donde las personas tenemos alternativas y nuestras decisiones no nos hacen mejores o peores. Vuelvo a lo local: ¿qué eventos artísticos recientes que no sean réplicas o espectáculos alusivos al centenario de la constitución han tenido un apoyo institucional similar a esta capilla?

Cabe recordar la exposición de réplicas “Tutankamón, La Tumba, el Oro y la Maldición” en el Museo de los Conspiradores en marzo del año pasado. Un dato interesante sería el número de entradas a dicho recinto una vez concluida la exposición. Mientras tanto, nos seguirán quedando pendientes los criterios curatoriales para una exposición de estas características en un museo dedicado a la historia de la independencia de México.

Uno de los argumentos para esta obra ha sido el de brindar la oportunidad de ver el recinto a quienes no tienen la oportunidad de viajar a la capilla original. En ese sentido ciertamente esta réplica representa una ventaja y espero la aprovechen y cumpla las expectativas de sus visitantes. Sin embargo, los contextos: ¿qué nos dice el hecho de predicar con esta “obra monumental” como la describiera el gobernador, un modo de acceder al arte? Por lo pronto nos reitera, entre líneas obviamente, que nada es gratis -y menos las réplicas con derechos reservados-. Y visto desde la perspectiva de un artista contemporáneo buscando espacios para compartir su trabajo en la ciudad, entiendo claro el mensaje institucional: no hay.

Más allá de localismos, con gestos atípicos como éste, donde líderes políticos y religiosos inauguran una réplica de la capilla sixtina que estará de gira por el país como una banda de rock, ¿cómo no es ésta una postura abiertamente populista en relación al acceso al arte?  

Y no es que me interese un apoyo similar, tengo más de diez años trabajando en proyectos artísticos independientes, he sido invitado a encuentros nacionales e internacionales y no gracias a un apoyo institucional. Al menos no a título personal. Tampoco quiero decir que hacerlo mediante un apoyo institucional sea un demérito. Simplemente menciono esto por dos razones:

  1. Contribuir a la desmitificación del apoyo institucional a los artistas: una beca o un premio son reconocimientos y pueden ayudar a que uno trabaje, pero no te hacen artista.
  2. ¿Dónde queda el trabajo de artistas locales ante tanta parafernalia mediática institucional para exposiciones itinerantes en donde los criterios para su exhibición no son claros más allá del inusitado número de entradas gratuitas? Por lo pronto, lejos de la prensa.  

El punto es que ante semejante alboroto cultural, me pareció pertinente recordar que el acceso al arte y por lo tanto, el ejercicio de nuestra cultura no son fetiches sofisticados ni apps de vanguardismo.

Artículo también publicado en Catalejo.

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