Hay que saber venderse, dijo la directora.

Y lo volvió a decir varias veces más a los jóvenes universitarios que estaban por hacer sus presentaciones finales de la materia de “Comunicación Efectiva”, a donde fui invitado como evaluador (y escribí las siguientes reflexiones: PARA QUÉ SIRVE EL SNOOZE BUTTON ).

Al escucharla, recordé mis clases de flauta en la primaria. Nunca entenderé la fe del sistema educativo en nosotros, pero aprobé a pesar de la insalvable distancia entre mis ojos y mis dedos. Durante mis clases, a mediados de los 90, el maestro escribía alguna canción en un pentagrama hechizo en el pizarrón –de gis–, y nos embarcaba en la estridente tarea de traducir sus rayas y bolas en acompasadas exhalaciones al unísono. El puente que separaba los ojos de los dedos era, por decir lo menos, diverso y salvaje. Y por supuesto que los apresurados trazos del maestro quizá coincidían en forma, pero nunca en fondo con el vaivén de nuestros infantiles dedos-pulmones.

Saber venderse, me suena a ese pentagrama incómodo en el pizarrón. Una valla polvosa, chueca –a pesar de los esfuerzos del maestro– y estoica ante un grupo de niños con poco o nulo talento para la flauta coral. Venderse bien, esa falacia del mercado laboral, me suena más a una desafinada invitación para mitigar la ansiedad de pasar desapercibidos, que a competencia profesional. Mi forzada proactividad musical en primaria fue un ensayo –con suerte fallido– de esta falacia: tocar la flauta por una calificación no te hace músico; por otro lado, no tocar ningún instrumento musical tampoco significa que uno no sea musical. En menos palabras: la música no está en la flauta, ni en el pizarrón, ni en el gis –ahora plumón–, baila.

¿Qué significa “saber venderse bien” en la práctica laboral?

¿Qué implicaciones tiene una recomendación de esas características frente a un grupo de estudiantes universitarios que dentro de unos años entrarán a un ambiente laboral como el de México, atrincherado en la economía informal, asediado por la impunidad de los atajos éticos y profesionales que personifican una y otra vez miembros de la clase política y privada: abusos de autoridad, nepotismo, extorsiones y demás cinismos?

No dudo que la maestra –que bien puede ser muchos profesionales en muchas universidades– quería motivar a los alumnos, pero la paradoja me causó acidez porque me pareció que, al hacerlo de ese modo, ignoró un matiz importante: el trabajo no es el reconocimiento; el músico no es su instrumento; visibilizar y persuadir no es hipnotizar –aunque de éste último, a ratos desconfío–.

Dicho de otro modo: ¿comunicar efectivamente se limita a vender? O peor aún, ¿comunicarse efectivamente es vender-se?

Comparto esta indignación porque en su discurso introductorio alcancé a escuchar el eco de esa táctica –y no por ello menos coercitiva– invitación a sacrificar el propio criterio en aras de un –supuesto– paraíso laboral que susurra más o menos así: hay una fórmula para el éxito y por ello vale la pena venderse, por ejemplo.

Por qué tendríamos que asumir que acceder al mercado laboral es un acto de resignación. Hay que saber venderse, dijo la directora.
Pinterest @TrafficOnStage

Quizás este artículo se queda corto en argumentos que entretejan los paraísos de nuestros mitos fundacionales contemporáneos (claridad, éxito, felicidad, etc…), pero en esta ocasión trato de quedarme cerca de esta experiencia. De compartir algo que me impactó, no por lo sorpresivo sino por su inercia.

Por ejemplo, cuántas veces no hemos negociado con empleados impotentes de expresar su desacuerdo, mejor ni hablar de propiciar cambios; temerosos de cuestionar decisiones de sus superiores, no por temor a descubrir algún punto ciego que los haga cambiar de opinión, sino porque se cofunde “empleado” con “objeto de propiedad” en una madeja de intereses económicos, corporativos, profesionales, particulares y demás que es imposible disociar.

¿Por qué todos teníamos que aprender a tocar la flauta en la clase de música?

¿Por qué todos tenemos que asumir que acceder al mercado laboral es un acto de resignación? Una clase de música en primaria no es necesariamente una mala idea; la sistematización de los procesos de enseñanza-aprendizaje es imprescindible en nuestra sociedad actual, pero ¿para qué? Y para fines de este artículo: ¿a costa de qué –no de quiénes–? Reiterando lo obvio: más no es mejor necesariamente.

¿Por qué todos teníamos que tener los mismos dedos-pulmones?

Hoy en día, comunicarnos efectivamente es urgente; los desafíos que intereses económicos, políticos y culturales nos plantean se complejizan virtual y físicamente. El medio es el mensaje, el virus, la farmacia y el laboratorio. El supersticioso, pero sobretodo lucrativo (discurso del) acceso a la información mediante la internet es una gran herramienta para los 65 millones de internautas en el país conectados un promedio de 7 horas y 14 minutos,1 según la AMIPCI (2016). Pero también es un laberinto mortal, un espejo de nuestras contradicciones, ¿un pizarrón ubicuo? Por lo pronto, un área de oportunidad laboral urgida de profesionales –universitarios o no– convencidos de que trabajar no es resignarse, que para cobrar no hay que venderse, y que lo que se pone en juego son nuestras habilidades y competencias, no nuestras integridades. Pero para esto último, hay que saber ubicarse, y eso no se enseña en ninguna escuela, se va aprehendiendo como los murciélagos, huyendo de la luz.

APÉNDICE

No fue sino hasta días después, hablando sobre este artículo aún en construcción, que me enteré que quien les había hecho tal recomendación era la directora de dicha universidad. Volví a mí café, ya frío, para la acidez.

Después me encontré en el blog de Brain Pickings, con la pregunta que Carrie Mae Weems, la única mujer afroamericana hasta el momento que ha tenido una exhibición retrospectiva de su trabajo en el Museo Guggenheim, hizo a los graduados de Artes Visuales de la Universidad de New York: How Do You Measure Your Life: Artist Carrie Mae Weems’s Stirring SVA Commencement Address 

Traduzco el inicio de poco más de 24 minutos de Weems que vale la pena ver:

¿Cómo medimos la vida, con qué medios, bajo qué unidad?,¿Se mide en pulgadas, paso a paso, gateo tras gateo?, Cómo midas tu vida es lo más importante, no sólo para ustedes estudiantes, sino para todos nosotros. Yo me hago esa pregunta constantemente: ¿Cómo mides la vida?

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