Los perros no debían ladrar (y no ladraron) El negocio era claro: suma, no te distraigas

El negocio era claro: suma, no te distraigas. Nunca he dado indicios de ser un buen comerciante pero la combinación tenía sentido: deudas por pagar y una administración simple. Suma y, para ser honesto, creí que podría no distraerme. Al menos, por el tiempo necesario.

“Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora y no estaba.”

Julio Cortázar, La continuidad de los parques

Ahí conocí a Pedro García García. Uno de los vendedores a mi cargo lo trajo hasta el almacén, lo recomendó en una improvisación a dúo: dos hombres adultos, que apenas se conocían –esto me lo confirmaron poco después–, enfocados en convencerme de que Pedro era un trabajador confiable. Y como Pedro ya había trabajado en esto antes, y yo tenía que conseguir vendedores rápido, resolvimos que nos veríamos la mañana siguiente para empezar.

 

Era sábado por la mañana, llegué al almacén y Pedro me esperaba dormido en la banqueta, con un aroma inconfundible. Decidí despachar a los demás vendedores antes de irlo a despertar. Nunca olvidaré su primera mirada, como quien vuelve de un lugar lejano sin entender por qué. Con ojos rojos, entreabiertos, daba tumbos buscando el camino de vuelta y, no fue hasta después de un rato –y reiteradas introducciones mías: soy Daniel, hablamos ayer…– que cayó en cuenta de que había despertado. O algo así.

tlapalería la tristeza, mérida

 

Cuando pudo recogerse y entrar al almacén, Pedro seguía muy borracho. Repetía una y otra vez que hablaba siete lenguas y que era de Huatulco, que no hacía mucho se había lastimado su pierna y su hermano le había enviado los 40 mil pesos que necesitaba –me mostró su venda estoica–. Que le habló y me dijo, fue directo: “¿Me vas a mandar los cuarenta o no?”, la operación costó un poco más, pero el DIF lo había apoyado con algo. Todo esto me lo confesó sin que yo hubiera preguntado nada. Entre silencios, Pedro García García reparaba: “Yo tomo everyday”, como quien no está acostumbrado a que lo escuchen, reparé yo en silencio.

 

Dos anzuelos del perchero se volvieron su almacén personal y debajo de la bolsa colgando, una cubeta blanca que así como servía para recolectar pet, sirvió para lavar la hielera donde llevaba el producto cuando no venía borracho. Él compró su esponja y la dejó ahí, dijo, para quien la necesitara.

 

el negocio era claro: suma no te distraigas

 

Pasó el tiempo y la dinámica se volvió predecible: si Pedro tenía una racha de tres o cuatro días con buena venta, llegaría borracho muy pronto. Hicimos un trato él y yo: si llegas borracho no puedes salir a vender. Y cuando llegaba borracho, se quedaba mientras el resto de los vendedores se iban con el producto, y me ayudaba con cosas del almacén, como recogiendo la basura. Entonces platicábamos. Aunque le decía que era de danza, él insistía en que yo era maestro de karate y me decía que quería ir a mis clases, “yo soy kung fu” atacaba amistosamente con las manos. Después les decía orgulloso a los demás vendedores que “nos habíamos agarrado (en combate)”, y ante todos siempre, nos validaba: “pero sí es bueno eh”. A veces se ausentaba semanas, pero yo sabía que volvería porque allí estaban su bolsa y su cubeta.

 

Dejamos el almacén prácticamente al mismo tiempo. Aún tenía deudas pendientes pero terminé de tomar la decisión cuando por el ajetreo diario de despachar a los vendedores, no metí mi bici –ni la amarré a algún poste–y me la robaron. Me muevo en bici por la ciudad y fue hasta ese momento que caí en cuenta de qué tan distraído andaba.

 

Mi último día fue una o dos semanas después del incidente. Les avisé a todos con anticipación, jefes y equipo de vendedores, sin dejar espacio para negociar. Me sentía distraído y andaba, me parecía, dando tumbos desde hacía semanas, con el silencio rojo y los oídos entreabiertos. El caso es que el último día, antes de abrir y también algo bebido, Pedro me dio el teléfono de una conocida suya que andaba vendiendo una bici. El número estaba escrito con pluma azul, en la pestaña de alguna caja de cartón que conmovido, metí en la bolsa de mi pantalón. La combinación empezaba a tener sentido.

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