Voluntariado profesional Si siento que puedo, me rehusaré a cooperar

Dos convocatorias locales, una pública y la segunda de una universidad privada, solicitan personal para funciones específicas y cada una, a su modo, se exime de responsabilidades hacia dicho personal como si fuese lo más lógico. ¿Qué podemos deducir de eso?

El que se enoja pierde. O como lo ensayó Paz, el que se raja. El predecible revuelo del año (y electoral) que inicia también se aferra a las reglas no escritas del juego: el fin justificará lo que haya que justificar (risas). Tal vez sea una manera simplista de ponerlo, pero no por ello menos representativa de nuestras limitaciones argumentativas: todo o nada.

 

En esta ocasión no me refiero al multimillonario melodrama partidista (y etcétera), con cargo al erario público, sino a deliberaciones más triviales como por ejemplo: la oferta laboral docente para artistas locales. Por supuesto que la docencia es sólo una entre más opciones de desarrollo profesional; eso sin dejar de mencionar que es difícil no ser escéptico ante la realidad de que un artista pueda seguirse desarrollando artísticamente dedicándose a otra cosa. Quizás simplemente no es tan bueno, pero no quiere aceptarlo. Y siempre tendremos las burocracia.

 

Mientras escribía esto leí: Condenados por la demagogia.

 

Dar clases también representa un cúmulo de prejuicios que suelen disolverse, para fines prácticos, en otro arraigo doctrinal: la teoría no es la práctica. Donde el abuso de la primera es muestra de ocio e ingenuidad respecto a la segunda, una especie de narcótico burgués o reaccionario incompatible con la realidad. Así, entre otras cosas, se preserva el prejuicio de que la práctica no necesita de teoría porque es suficiente en sí misma: yo lo hice, nadie me lo contó por lo tanto, sé cómo hacerlo. Y por aquí es donde me gustaría abrevar en este artículo: reflexionar brevemente acerca de nuestra sordera autoinmune y sus posibles puntos ciegos.

 

Para ello, dos imágenes que aparecieron en mis redes sociales:

 

La primera es de una institución pública y la segunda de una universidad privada, ambas comunican su necesidad de personal para funciones específicas y cada una, a su modo, se exime de responsabilidades hacia dicho personal como si fuese lo más lógico.

 

Voluntariado cultural” viniendo del Centro de las Artes de Querétaro (CEART), podría incluso leerse (ya encarrerados) como una sentencia para las actividades culturales y la investigación histórica locales: ni el Estado (que en teoría no tiene fines de lucro) y ofrece dichos servicios a la ciudadanía, pagará por eso.  

 

Y por su parte, la solicitud de tres perfiles relativamente específicos: maestro/a de danza, inglés y mujer de 30 años o más responsable de la cafetería (¿los hombres, mujeres menores de 30,  no pueden hacerlo, o por qué la discriminación?), dejando las cosas claras desde el principio: perfil, horario, remuneración económica. Dije “relativamente específicos” porque me parece que este anuncio nos puede ayudar a identificar algunos puntos ciegos comunes respecto a la exposición de nuestros intereses. Por ejemplo:

¿Puntual?

¿como los relojes?, ¿con objetivos, métricas, rúbricas?, ¿propias o institucionales?, ¿con los procesos de aprendizaje, administrativos, personales…?

 

¿Exigente?

¿exigente en relación a qué, a un reglamento, un programa académico o un criterio particular que hay que acatar o acatar?

 

¿Comprometido?

¿comprometido en función de qué?, si por lo que se lee, la institución no parece estar muy comprometida con su posible empleado: además del pago por hora (abajo de lo poco que otras universidades pagan a sus profesores más jóvenes) no se menciona nada más al respecto de su compromiso con sus profesores: ni prestaciones, intercambios posibles o algún modo alternativo de retribución. Aprovecho y pregunto: ¿una universidad sin profesores puede cumplir sus funciones (es decir, seguir cobrando a sus alumnos por una formación profesional)?

 

Antes de dar con estas imágenes, escribí la experiencia de una colega (bailarina) y amiga donde “lo primero que hizo otra universidad de arte (en Querétaro) fue regatear su trabajo docente.  

 

Dinámico, esa quimera del salón de clases

Y en relación al perfil del maestro de inglés se sustituye “comprometido” por “dinámico”. ¿Enseñar inglés equivale a “ser comprometido”, o es un tipo de maestro completamente distinto al de danza? Además, quien haya dado clases en escuelas ha escuchado el quimérico “clase dinámica” que pareciera, en su modo más exacerbado, sinónimo de “voto razonado”. Es decir, un modo políticamente correcto de pretender que la clase sea a mi imagen y semejanza. O al menos, acorde a mi humor del momento.

 

En términos básicos, una clase es un espacio diseñado colaborativamente (institución-docente-alumnos-padres de familia) para propiciar el aprendizaje. Mejor dicho, los aprendizajes, pues nadie aprendemos de la misma forma; lo cual tampoco significa que nuestras formas sean mutuamente excluyentes sino que el descubrimiento (asistido) de dichas diferencias puede enriquecer nuestra relación con la realidad. Lo que advierto en imágenes como estas, a grandes rasgos, es una precariedad discursiva profundamente rebasada por los retos de trabajar en el desarrollo cultural y artístico en el siglo XXI.

 

Y sintiéndome asediado por un cinismo público y privado, local, nacional y global, de legitimar la incompetencia para gobernar o dirigir mediante una falaz y estridente honestidad (siendo “auténticos”, en redes sociales por ejemplo), que eventualmente, pueda liberarlos de la responsabilidad de sus decisiones, si siento que puedo, me rehusaré a cooperar.   

 

*Artículo también publicado en Catalejo, opinión ciudadana.